El gusto no se automatiza
Plantada · Última poda ·
La IA ya redacta, compone, ilustra y maqueta. Cada mes lo hace mejor y más barato. Lo que no hace —lo que estructuralmente no puede hacer— es decidir qué merece existir. Esa decisión tiene nombre: gusto1. Y es la última ventaja injusta que le queda a quien diseña.
Una base de datos emocional
El gusto no es un don. Es una base de datos construida a mano: miles de horas de mirar, leer, usar, comparar y descartar2. Cada libro bien maquetado que te detuvo en una librería, cada interfaz que te irritó sin saber por qué, cada cartel que fotografiaste en una calle de otra ciudad. Todo eso es entrenamiento. La diferencia con un modelo es que tu dataset viene con las emociones incluidas.

El gusto es la memoria de todas las cosas que amaste antes de saber por qué las amabas.
Por eso dos personas con acceso a las mismas herramientas producen resultados tan distintos. El prompt es idéntico; el criterio para juzgar lo que devuelve, no. Como anoté en prompts-como-material-de-diseno, la herramienta amplifica el criterio de quien la usa — no lo sustituye.
De dónde viene la palabra gusto
Del latín gustus: el acto de probar. El gusto nace en la boca y solo después sube a los ojos — juzgar fue siempre una forma de probar el mundo. El inglés taste conserva la misma raíz sensorial: en ambos idiomas, el criterio estético guarda la memoria del paladar.
Lo que sí cambia
Que el gusto no se automatice no significa que su contexto no cambie. Cuando generar mil variantes cuesta un céntimo, el valor migra3:
- De producir a elegir.
- De la mano a la mirada.
- Del portafolio de resultados al historial de criterio.
El cuello de botella ya no está en la mano: está en la mirada, y la atención es el nuevo lienzo sobre el que se trabaja.
Mi apuesta —y por eso esto es una convicción y no una reflexión— es que en la próxima década el gusto será la habilidad más cara del mercado creativo. No la más escasa, que siempre lo fue, sino la más visible en su escasez: todo lo demás se habrá vuelto abundante.
Cultivar el gusto es lento, no escala y no se puede fingir mucho tiempo. Exactamente por eso vale la pena.